martes, agosto 08, 2006

Elba Rosa



Elba Rosa es una morena silenciosa, de carnes apretadas y sonrisa cegadora. Hace casi un año que dejó Lima y cambió el caserío de aquel cerrito árido por la frialdad del cemento. Un año desde que instaló sus bultos en la casa de sus patrones.

A Elba Rosa le brillan los ojos negros cada vez que su patrón le canta promesas de amor al oído. Y luego ella limpia la casa y le cocina a él y su familia, tarareando la canción.
Cuando le plancha las camisas recuerda el olor de su perfume, diluido en el húmedo y silencioso entrechocar de sus cuerpos. Y ahí mismo, frente a la patrona, se le erizan los pelos de tanto recordar.

El domingo es su día libre en este juego sucio, porque de lunes a sábado Elba Rosa no se quita la falda ni el delantal, salvo si él se lo pide. Y mientras sueña despierta, piensa que si él le pidiese matrimonio, también aceptaría. No le importa si el pisco es peruano o chileno. No le importa quién se quede con el Huáscar. No le importa la Bachelet, ni los tratados de límites. De todas maneras, aceptaría.

Elba Rosa nunca sabe si él va a tocar o no la puerta de la “pieza de servicio”, pero lo espera. Hasta que se duerme. O hasta que llega. Lo espera. Hasta que se revuelquen otra vez, hasta que se casen o hasta que pierda el empleo. Su madrina le dijo que en la vida había que saber esperar, recuerda, justo una de esas noches en que el patrón no llega. Y Elba Rosa espera.