domingo, noviembre 11, 2007

Excusa

Contó los árboles que había en el camino a casa de Fabián. Ya los había contado unas 47 veces antes. O quizás más. Miró el cielo, buscando una excusa que fuera más poderosa que ese añejo amor desgastado. Una excusa para terminar con todo. Una excusa grande que la expiara de cualquier culpa. Pensó que quizás sería la última vez que contaría los árboles. Pensó que esa vez, cuando tocara el timbre de su departamento, le diría a Fabián que ya no más, que todo se acabaría. Saludó al conserje, subió algunos pisos y Fabián le abrió la puerta. Le dio un beso. Ella le dio otro. Y así siguieron. Y ella continuó contando tantas veces más los árboles. Y ella nunca encontró aquella buena excusa.

martes, agosto 08, 2006

Elba Rosa



Elba Rosa es una morena silenciosa, de carnes apretadas y sonrisa cegadora. Hace casi un año que dejó Lima y cambió el caserío de aquel cerrito árido por la frialdad del cemento. Un año desde que instaló sus bultos en la casa de sus patrones.

A Elba Rosa le brillan los ojos negros cada vez que su patrón le canta promesas de amor al oído. Y luego ella limpia la casa y le cocina a él y su familia, tarareando la canción.
Cuando le plancha las camisas recuerda el olor de su perfume, diluido en el húmedo y silencioso entrechocar de sus cuerpos. Y ahí mismo, frente a la patrona, se le erizan los pelos de tanto recordar.

El domingo es su día libre en este juego sucio, porque de lunes a sábado Elba Rosa no se quita la falda ni el delantal, salvo si él se lo pide. Y mientras sueña despierta, piensa que si él le pidiese matrimonio, también aceptaría. No le importa si el pisco es peruano o chileno. No le importa quién se quede con el Huáscar. No le importa la Bachelet, ni los tratados de límites. De todas maneras, aceptaría.

Elba Rosa nunca sabe si él va a tocar o no la puerta de la “pieza de servicio”, pero lo espera. Hasta que se duerme. O hasta que llega. Lo espera. Hasta que se revuelquen otra vez, hasta que se casen o hasta que pierda el empleo. Su madrina le dijo que en la vida había que saber esperar, recuerda, justo una de esas noches en que el patrón no llega. Y Elba Rosa espera.